De los días de carnaval me acuerdo de las bombuchas tiradas a matar por los chicos del barrio. En ese entonces, ir al almacén o a la parada del colectivo era un verdadero dolor de cabeza. Si salías de tu casa y te cruzabas con ellos, la primera actitud era la de ”superada”, lo cual consistía en no actuar como presa, así ellos no te darían entidad de “blanco”, o sea, caminar como si nada.
Pero cuando te dabas cuenta de que la estrategia no funcionaba, empezabas a urdir un plan B, que tenía que ser rápido, porque esos agitadores ya venían. Entonces, se te ocurría el personaje de la “buena”: “chicos, no estoy jugando, estoy recién cambiada, a ustedes no les gustaría que los mojaran”. La idea era empatizar con el enemigo.
En el grupo de activistas carnavaleros siempre estaba el escrupuloso, el que le decía a sus amigos: “la dejemos, vamos a buscar a otra”. En cambio, el más cruel y ensañado te escaneaba de los pies a la cabeza degustando tus ropas secas y disfrutando ya de su gloria bombuchera.
En ese momento, cuando te sentías ya vencida, te quedaba, sin embargo, una última chance: correr. Y atrás, las pisadas estruendosas de esos torpes te aceleraban por completo (no sabías que podías correr tan rápido); doblabas en la esquina, cruzabas toda la cuadra, y cuando estabas en el jardín de tu casa, ya abriendo la puerta en tu mente, sentías el flechazo en la espalda, ese cachetazo hirviendo que te golpeaba hasta doler, al tiempo que los malditos se alejaban a las carcajadas, buscando su siguiente víctima.
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