El gato de la tienda
(Taller literario La Plapla, Villa Allende). (Próximamente en “Papirando 11 – Mujeres” // Revista Literaria Bimensual de distribución gratuita, a cargo de Carlos Pablo Lorenzo, Río Gallegos – Santa Cruz – Argentina).
Me gusta quedarme cerca de la vidriera cuando el dueño no está. El sol de la siesta me arropa hasta el ensueño.
La gente pasa, los niños pasan, todos me miran a través del cristal. Algunos sorprendidos preguntan “¿qué hace un gato en la tienda?”, otros, ya familiares para mí, sonríen y me señalan: “ahí está el gato de la tienda”.
Tengo un ojo mar y otro ciprés, lo sé porque me veo en los espejos que están a la venta. Recuerdo aquél comprador que me los abrió de prepo; yo también observé su mirada y la traspasé.
Hay una bacha de barro cubierta con venecitas blancas, al pie del marco francés. Adoro refugiarme ahí por las noches, hasta que el dueño me encuentra al llegar y me espanta. Los clientes visitan la tienda desde temprano.
La hija de Don Andrés a veces me alza amorosamente y me lleva hasta su pecho para acariciarme, puedo oler el barniz todavía fresco en sus manos. Yo le ronroneo.
Desde el balcón de la tienda distingo un nido de palomas, están en las ramas de un siempreverde. Me quedo hipnotizado, no puedo dejar de mirarlas. Ellas me gozan con vuelos rasantes cerquita de la baranda. Yo me desespero.
–*–
- No sé papá, el gato no está.
- Fijate en el altillo, hace tiempo que le tiene ganas a esas palomas.
Valeria se apresuró a subir y resonaron, flojos, los peldaños.
Doña Elda y el limonero
(Cuento para niños publicado en Más Nº 2, Revista Literaria del Centro. Dirección a cargo de Abel Otto Torre).
Doña Elda es petisa, panzona y porfiada. Su casa huele a comida de horno, a flores de limón y a pisadas de perro. A veces le duele la cintura, otras la cadera, por eso toma algunos remedios que el médico le da y a la siesta se acuesta para descansar las piernas.
Temprano, por las mañanas, prepara unos mates, antes de ir de compras al almacén de la vuelta. Al regresar, le da de comer a su perro Lupo y a la gata Pituca, una que llegó a su puerta un día de lluvia con sol. También a su cachorra Pampera; un día también de lluvia, pero con truenos, alguien la dejó entre el cerco de madera y el rosal que plantó su difunto marido.
Los hijos de Doña Elda son personas ocupadas, tienen que trabajar, ir a reuniones y hacer colas en los bancos, así es que ella se conforma con mirar las fotos que tiene sobre la mesa del living y cuando escucha el timbre se fija rápido, por si alguien llega de visita.
***
Una tarde rosada, mientras juntaba del patio las flores del jacarandá, vio estrellarse sobre el limonero un barrilete amarillo con cola de hilo. Lupo y Pampera ladraron asustados, Pituca saltó desde la mesa del asador hasta la tapia de ladrillo visto.
La anciana miró con ojos de plato playo…. Primero se asustó, pero después, sonrió; (recordó cuando su padre se los fabricaba con caña de bambú y papel de diario de domingo).
De repente sonó el timbre, abrió la puerta y se encontró con una niña de mejillas grandes.
-Hola, soy Amalia, creo que mi barrilete está en su patio.
-Lo estábamos mirando con Pituca, Lupo y Pampera, -dijo Doña Elda.
-¿Puedo buscarlo? –preguntó la niña.
- Si claro… y tengo bizcochuelo de vanilla… por si querés quedarte.
- Bueno…, pero primero busco mi barrilete, aseguró la pequeña y cruzó la cocina rapidísimo como auto de carrera.
Al bajar del limonero, sus pantalones se atascaron en una rama y ¡CRASHHH!, a la altura de la rodilla, la tela se hizo un agujero.
-Yo lo puedo arreglar –propuso Doña Elda.
Amalia se sonrojó. -Si mi mamá se entera, seguro me compra la pollera que le pedí…no le alcanza el tiempo para todo, tiene que trabajar… siempre está ocupada-, explicó resignada.
La abuela enmudeció y sin saber qué decir prefirió ir a la cocina a buscar el bizcochuelo. Después de comer algunas rodajas, Amalia se marchó.
Al día siguiente, siguió juntando del patio las flores del jacarandá y cada tanto miraba el limonero, esperando el barrilete amarillo con cola de hilo (así Amalia vendría otra vez). Los días pasaron y siguió con sus quehaceres, de acá para allá entre compras y pichichos.
***
Una tarde anaranjada escuchó otro estruendo en la copa del limonero. Al salir, reconoció el barrilete de su amiga. Esperó y al momento tocó su puerta la niña de mejillas grandes, de nuevo reclamando lo que era suyo.
-Hola Doña Elda ¡otra vez se me escapó el barrilete!
-Hoy tengo galletas de chocolate.
La pequeña cruzó la cocina a toda prisa como estrella fugaz. Al llegar al pie del árbol su cara se transformó, algo terrible había sucedido: ¡su cometa se había encajado en uno de los troncos! ¡qué horror! podía verlo desde abajo, todo roto y con la cola deshilachada.
Doña Elda se acercó. – No estés triste Amalia, tengo una sorpresa para vos. Una vez adentro, sacó del baúl de los botones una pollera de grandes y finos volados que había cosido especialmente para ella. Con suavidad, la desplegó ante sus ojos, como extendiendo una sábana sobre un colchón. La falda se desperezó leeeeeeeento de su sueño en el baúl, flameando tan ligera y radiante como brillo de luna.
La sonrisa de Amalia contagió a las mascotas. Lupo movió la cola hasta voltear los adornos de la mesa ratona, Pampera saltó tan alto que casi rebota contra el techo y Pituca se metió en el baúl a buscar un ovillo de lana para jugar.
Esa tarde Amalia se quedó más de la cuenta. Mientras Doña Elda ponía sobre la mesa las galletas de chocolate, ella se puso a fabricar un nuevo barrilete, esta vez con caña de bambú y papel de diario de domingo.
Los botones de Damián
(Cuento para niños publicado en “El Pequeño Jerónimo”, periódico infantil de la ciudad de Córdoba. Ilustración de Gonzalo Peralta).
(Seleccionado para el Proyecto “Los Cuentos del Dr. Tiritas” de la editorial española Delenda est Carthago).
Damián colecciona botones. Siempre se las ingenia para encontrar alguno. En la casa de su abuela Lidia consigue unos antiguos, de esos con relieves y firuletes; en cambio, en la casa de su tía Desiré, encuentra otros más nuevos, de los que usa su primo en camisas, sacos y gabardinas.
Damián no recuerda cuándo empezó su gusto por los botones, lo cierto es que esta aventura es un secreto que oculta a todos. Ni bien encuentra uno, lo guarda en su lata despintada, una que esconde debajo de la cama. Al asomar la luna, la descubre arrastrándola desde el fondo, la destapa, y entonces…
Primero, desconfiados; pero de a poco se van animando. Unas veces salen despacio, y otras como rayo; a veces saltan a chorros, rodando como bichos bolita, o bien girando como platos voladores.
Los suyos son botones muy juguetones: primero hacen rondas, después se agrupan por colores y nace un arco iris… se vuelven a desarmar ¡y ahora en fila son un tren!…se juntan dos y forman un ocho y si son tres, crece un trébol.
Cuando hacen una pila sí que es divertido: uno se trepa encima de otro y la torre de botones se estiiiiiiira y se estiiiiiiiira hasta tambalear con un simple estornudo. Y guarda… porque si Damián se descuida, se inclina y ya nada puede detenerla, entonces: PAAAAF! todos al suelo.
Le gusta quedarse horas jugando con sus botones. Arma sobre el suelo caminos que van lejos, dinosaurios de colas largas, humo de chimeneas y galaxias enteras. También, cargarlos en su camión volcador y llevarlos a pasear por la casa.
A veces fantasea que son astros luminosos, entonces acomoda los más brillantes sobre su cartulina azul de la escuela, y después se aleja para contemplar la noche de estrellas agujereadas.
De tanto jugar, el tiempo pasa volando y ¡ya casi es de día! “Es hora de guardarlos”, se dice “no vaya a ser que mamá me escuche despierto”.
Antes de tapar la lata, los saluda. Ellos, agradecidos, le regalan una pirueta. (Después de todo, ya nadie los cose, son botones en libertad).
Temprano, a las siete, Damián se levanta refunfuñando para ir a la escuela.

